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La Santa Paciencia (o la historia de Widelmina)

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Hace unas semanas escribí un artículo llamado “Las dos Caras de la Moneda” en donde narraba dos anécdotas sucedidas en etapas distintas de mi carrera como agente inmobiliario exponiendo los grados de dificultad que acarrea el cierre de cualquier operación inmobiliaria y, antes de ello, todo el trámite de la misma.

Pero parte de nuestra labor es tratar de sobrellevar a los clientes difíciles que siempre nos encontramos, aquellos que ponen a prueba tu paciencia y todo lo aprendido en las distintas capacitaciones que hubieras podido tener, curiosamente no hay curso ni manual que nos enseñe a cómo tratar a este tipo de clientes que por lo menos una vez nos hemos encontrado.

A continuación, les presento una historia de justamente habla de ese tipo de clientes, aquellos que podemos llamar “clientes especiales”.

La Señora Widi:

A finales del año 2009 recibí una llamada de una señora de muy buen hablar, con un lenguaje que hacía notar que aquella era una persona bastante instruida, una mujer mayor, con cierto encanto que, a la larga, resultó un espejismo, y me indicó su intención de vender el departamento de su hija en San Borja; La hija vivía en el extranjero y le había otorgado poderes a la mencionada señora para realizar la transferencia.

Me citó en su casa en Surco, salió a abrirme la puerta una joven bastante retraída, y me hizo pasar a la sala donde ya me esperaba la señora Widelmina, sí, ése era su nombre, Widelmina; ¿Quién en su sano juicio puede ponerle ese nombre a una hija? Definitivamente dicho nombre podría ser una excusa perfecta para infinitas tomadas de pelo en el colegio, pero bueno, es lo que le tocó a la señora.

En principio ya se notaba que su trato era bastante tirante, disfrazado de una supuesta amabilidad que se terminó de deslucir cuando me presentó a la chica antes mencionada como “la hija adoptiva”, sí, literalmente me la presentó así, incluso llegó a decirle a la mencionada señorita que “ella era su hija adoptiva y tendría que cumplir con sus labores como tal”, sí, increíble para estos tiempos.

Aún después de todo ello decidimos captar el departamento y ayudar a la señora Widi (así nos pidió llamarla) pues era una buena propiedad y con muchas posibilidades de una venta en poco tiempo, bien ubicada y con muchas más cosas y características a favor.

Sorpresivamente todo el proceso para visitar la propiedad fue tranquilo, teníamos las llaves, el departamento tenía un mantenimiento y limpieza semanales y era agradable a la vista de quienes lo visitaban; en más o menos mes y medio tuvimos una oferta que distaba del precio de lista por tres mil dólares, todo apuntaba a un cierre sin problemas, al menos así parecía.

Llamé a la señora Widi a comentarle que teníamos una muy buena oferta, que el cliente había ofrecido hacer el pago con recursos propios y que inclusive ya había solicitado los servicios del abogado de la empresa para redactar la minuta y le comenté además que yo tenía en mi poder un documento que formalizaba la oferta señalada. La señora me respondió diciéndome que quién era yo para permitirme bajar el precio de su propiedad, intenté interrumpir explicándole que no lo había hecho yo, que eso es parte de la negociación con el interesado a lo lanzó un atropellante: “ya lo escuché, ahora no me interrumpa”, me siguió replicando que el contrato tenía otro precio, que yo era un inútil y que cómo iba yo a sugerir que le pagaran en efectivo cuando había mucho peligro en ello, “señora yo no he dicho eso” fue mi respuesta casi inmediata, amenazó con demandarme, que ella toda la vida había trabajado con abogados, que su último trabajo fue ser la secretaria de un abogado de renombre (la identidad de ese letrado me la reservo) y que podía demandarme por una serie de cosas que yo le había dicho y me colgó el teléfono.

Me quedé helado, yo llamaba a darle el mensaje que todo propietario (salvo esta rara excepción) espera de su agente: “la oferta” pero a cambio recibí calificativos despectivos hacia mí y hacia la empresa en la que trabajaba con el añadido de la amenaza de una posible demanda, ¡cosa de locos!

Le comuniqué lo ocurrido a mis superiores, llamaron a la peculiar señora, la que respondió ambas llamadas en un tono muy distinto al que utilizó conmigo, fue nuevamente aquella señora amable y culta que yo creí que era en la primera ocasión, dio un discurso de razones por las cuales me demandaría, ya para este momento era casi una realidad que lo haría, y que tenía otras ocupaciones con su hija adoptiva y que la llamaran en otro momento, ya para ese tiempo teníamos al interesado en comprar haciendo preguntas tales como “¿a nombre de quién hago el cheque?” Lo que aumentaba la tensión.

Decidimos llamar a la hija a Australia, la respuesta fue sorpresiva también, que “su madre quizá haya tenido algún motivo fuerte para demandarme” y que, si ésa era la oferta pues que procedamos, pero que todo se coordine con la señora Widi; eso sonó como una condena.

El gerente de la oficina se encargó esta vez de la llamada y, como era de esperarse, esta vez ya no fue la señora amable, aquella con disfraz de abuelita tierna, fue directamente aquel “Terminator” dispuesto a arrasar con nosotros y después de varios minutos, de ver la cara del gerente que tuvo incontables motivos para colgar dicha llamada pues llegamos a un acuerdo y era que la operación iba, eso fue como una luz de esperanza después de todo lo ocurrido.

Ya para ese momento la señora Widi era conocida en toda la oficina, los compañeros de reían del “clientito” que me había tocado atender y el interesado (aún en espera) llamaba a seguir preguntando por el nombre en el cheque.

Llegó el momento de ponernos de acuerdo en el proceso de cierre de la operación y nos encontramos con otras perlas de la señora Widelmina:

  • No quería que el cheque fuera del banco con el que el cliente trabajaba
  • Quería que la operación se cerrara con la notaría que ella quisiera
  • Nos sorprendió con un viaje programado para dos semanas después de aquella reunión.

Pues el comprador muy amable y permisible, quizá confundido por el espejismo de la supuesta cordialidad, accedió a cada una de las exigencias de la señora, pero no contó con que la señora saldría con una última sorpresa: “el precio de venta no incluye la comisión”. Sí, aún nos tenía más sorpresas guardadas.

Volvimos a llamar a la hija, pero nunca tuvimos respuesta, la señora ahora nos amenazaba con demandarnos si no se realizaba la operación, pero nos dimos el trabajo de persuadir al interesado a comprar otro departamento pues quizá el seguir con la operación con esta señora traería aún más sorpresas.

Quería compartir esta historia con ustedes pues ahora cuando un colega se queja de tener un cliente difícil le invito un café para que se relaje y le cuento “La historia de Widelmina”.

 

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